Abriré la ventana

«De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas
quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos
está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca
está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana»

Mario Benedetti

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El árbol de los problemas

«El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y le hizo perder una hora de trabajo y luego su antiguo camión se negó a arrancar. Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio.

Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.

Cuando se abrió la puerta ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Posteriormente me acompañó hasta mi automóvil.

Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes.

“ !Oh! ese es mi árbol de problemas, contestó. Sé que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo otra vez. Lo divertido es, añadió sonriendo, que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.”

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Quiero saber…

No me interesa saber cómo te ganas la vida. Quiero saber lo que ansías, y si te atreves a soñar con lo que tu corazón anhela.

No me interesa tu edad. Quiero saber si te arriesgarías a parecer un tonto por amor, por tus sueños, por la aventura de estar vivo.

No me interesa qué planetas están en cuadratura con tu Luna. Quiero saber si has llegado al centro de tu propia tristeza, si las traiciones de la vida te han abierto o si te has marchitado y cerrado por miedo a nuevos dolores. Quiero saber si puedes vivir con el dolor, con el mío o el tuyo, sin tratar de disimularlo, de atenuarlo ni de remediarlo.

Quiero saber si puedes experimentar con plenitud la alegría, la mía o la tuya, si puedes bailar con frenesí y dejar que el éxtasis te penetre hasta la punta de los dedos de los pies y las manos sin que tu prudencia nos llame a ser cuidadosos, a ser realistas, a recordar las limitaciones propias de nuestra condición humana.

No me interesa saber si lo que me cuentas es cierto. Quiero saber si puedes decepcionar a otra persona para ser fiel a ti mismo; si podrías soportar la acusación de traición y no traicionar a tu propia alma…

Quiero saber si puedes ver la belleza, aun cuando no sea agradable, cada día, y si puedes hacer que tu propia vida surja de su presencia.

Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo y el mío, y de pie en la orilla del lago gritarle a la plateada forma de la luna llena: “¡Sí!”. No me interesa saber dónde vives ni cuánto dinero tienes. Quiero saber si puedes levantarte después de una noche de aflicción y desesperanza, agotado y magullado hasta los huesos, y hacer lo que sea necesario para alimentar a tus hijos.

No me interesa saber a quién conoces ni cómo llegaste hasta aquí. Quiero saber si te quedarás en el centro del fuego conmigo y no lo rehuirás.

No me interesa saber ni dónde ni cómo ni con quién estudiaste. Quiero saber lo que te sostiene, desde el interior, cuando todo lo demás se derrumba.

Quiero saber si puedes estar solo contigo y si en verdad aprecias tu propia compañía en momentos de vacío.

La invitación de Oriah Mountain Dreamer

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Música que nos emociona

La música tiene un efecto en nuestras emociones, nos hace sentir bien pero ¿por qué? algunos estudios han demostrado que la música tiene la capacidad de cambiar estados de ánimo activando cada una de las estructuras emocionales del cerebro.

Hoy comparto con vosotros un estudio de Jacob Jolij, un neurocientífico holandés que llegó a la conclusión, tras evaluar diversos aspectos como la letra, el ritmo y la melodía, que las canciones que tienen un tempo igual o superior  a los 150 latidos por minuto, son las que nos hacen sentirnos más felices.

Considerando estos parámetros elaboró un listado de 10 canciones que asegura, nos harán sentir mejor.

  1. Don’t Stop Me Now (Queen) Click para escuchar
  2. Dancing Queen (Abba) Click para escuchar
  3. Good Vibrations (The Beach Boys) Click para escuchar
  4. Uptown Girl (Billie Joel) Click para escuchar
  5. Eye of the Tiger (Survivor) Click para escuchar
  6. I’m a Believer (The Monkeys) Click para escuchar
  7. Girls Just Wanna Have Fun (Cyndi Lauper) Click para escuchar
  8. Livin’ on a Prayer (Jon Bon Jovi) Click para escuchar
  9. I Will Survive (Gloria Gaynor) Click para escuchar
  10. Walking on Sunshine (Katrina & The Waves) Click para escuchar

Os invito a escucharlas y, si os apetece, a compartir en el post cuales han sido vuestras emociones y sensaciones tras hacerlo.

 

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Navegando por el mundo emocional

La palabra emoción viene de la palabra latina «emovere», que significa «poner en movimiento». Las emociones nos mueven, nos traen significados diversos. Es  clave   reconocerlas y traducir la información que nos aportan.

Las emociones van y vienen como olas del mar. Y hay días en los que hay bandera roja y es peligroso bañarse, otros días nos podemos adentrar y bañarnos tranquilamente porque el mar esta en calma, entonces hay bandera verde.

Los pensamientos brotan a lo loco, quitándose el sitio unos a otros. Suelen llevarnos a actuar de un modo u otro, de ahí la importancia de observarlos y no enredarnos en ellos.

Nuestra mente es muy parecida a un mar. Observándonos podemos ser conscientes de cómo están las olas y aprender a responder desde la calma, en lugar de reaccionar de modo automático.

No podemos elegir que nos sucede, pero si podemos elegir cómo respondemos a ello. No podemos hacer que desaparezcan las olas, pero podemos aprender a navegarlas y a bucear en el silencio del mar.

«La habilidad de hacer una pausa y no actuar por el primer impulso se ha vuelto un aprendizaje crucial en la vida diaria» Daniel Goleman

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